martes, 11 de noviembre de 2014

La satisfacción



Cuando la gente de a pie, los que pasan los días y las noches en el hospital sobreviviendo como pueden, te agradecen el tener un bidón de agua al alcance; se lavan las manos y te miran con gratitud mientras te dicen unas palabras en lingala y te dedican una sonrisa, te das cuenta de la importancia de nuestro proyecto, de haber dado en el clavo. De las buenas ideas que tiene mi querido Rodrigo. De la buena inversión que hemos hecho. Nos demuestra, una vez más que con poco, podemos hacer mucho, que hacen falta grandes proyectos aquí, por supuesto, pero que mientras lleguen, se puede ir adelantando mucho. Toda esta gente, hoy tiene agua. Agua limpia y a su alcance. Agua, jabón y papel para poder mantener una higiene básica, fundamental en un hospital. Y lo agradecen.


Con un poco más de tiempo y presupuesto se podrá hacer una buena canalización, con todo lo que conlleva. Pero la realidad es el ahora. Aquí se vive el presente más que en ningún sitio que haya conocido. Y estas familias pueden lavarse HOY. Igualmente, enfermeras, médicos y demás personal del hospital, cuando vayan a abrir el grifo y se encuentren que no sale una gota (es decir 20h al día, aprox.) tendrán un bidón al lado con 50 litros de agua. Transparente, clorada… con jabón y papel. Os podéis imaginar lo que cambia esto las cosas.
Ya quedan pocos  bidones por colocar. En la escuela, que también era necesario. El trabajo ya está casi terminado. Sólo queda lo más importante, la continuidad. Para lo que hemos contratado a un responsable, que se muestra emocionado con su nuevo trabajo y su bata blanca. Su historia, conmocionante como tantas aquí, os la contamos otro día.
 La continuidad de los proyectos y su mantenimiento siempre son la parte que más miedo da, pero confiemos en el buen hacer de las personas que se quedan aquí. Ver la importancia que le dan a nuestro proyecto y lo contentos que se muestran, nos hace tener mucha esperanza.
Gracias a todos los que hacéis esto posible. Gracias a la cabecita de Rodrigo. Gracias a la posibilidad de vivir esto. GRACIAS



 


 ESCRITO POR PACHÚS BARBÓN, DESDE KINSHASA, GRACIAS A TI.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Las estrellas

Lo bueno de no volver a los mismos bares es que encuentras paraísos que desconocías. Papa Lema nos ha llevado a un tugurio muy bien puesto. Poca gente y con cerveza cara. Sonaba la música de un tal Pepé. Que ya murió. Y esa fue mi despedida de Kinshasa. Después volví al bar del aeropuerto, al de siempre, al bar local. Esta vez no había nadie y me senté a escribir. Los asientos eran los mismos que hace unos meses pero se hacia evidente que muchísimas posaderas habían desgastado su cuero de dudosa calidad. Hace unos meses me sentía cómodo sobre sus cojines, hoy noto los hierros y no encuentro una posición agradable. En esta tierra nadie cuida las cosas. Estoy solo. El bar está al final de un cajellón y no parece si quiera que esté abierto. Me siento, Primus, y a escribir. Acabo de dejar a mi compañera, a la que le espera un gran viaje de vuelta entre atascos, suciedad, olores... Y vuelta a la pediatría. Por lo menos la cerveza esta "malili makasi" (muy fría).



Haciendo la cola de facturación puedes ver quien tiene caché y quien no. Delante mío una señora, blanca, que no habla francés y que no se entera de mucho. Parece monja. Delante de ella una pareja de las Naciones Unidas. Lo ves en sus pasaportes azul clarito, pero también en su vestimenta de coronel tapioca. Pantalón multibolsillos, camisa y barriga. 
Después viene el control de Ebola, nuevo para mi. Menos mal que no tengo fiebre, el disparo a distancia marca 36,6 grados. Rellenas un papel para fichar tus movimientos. Hace frío. Estos congoleños tienen la manía de poner el aire acondicionado a máxima potencia. El servicio que se ocupa de mantener limpios los lavabos me agradece los 500 francos que les doy cuando salgo de hacer uso de ellos. Aguas menores. Valentin, el jefecillo del baño, afirma sonriente que es del Barcelona, así que bromeamos sobre que no podremos ser amigos. En realidad yo no entiendo de fútbol, pero aquí en África es una buena manera de comenzar una relación social. El fútbol. Lo encuentras por toda partes. Y es que lo fácil del fútbol es que no hace falta ni un balón. Unos trapos adiestradamente atados puede hacer las veces de objeto rodante. El resto es correr descalzo e intentar alcanzar las piedras que hacen la portería del equipo rival. Es universal el dividir los equipos de muchachos con camiseta contra muchachos que no la llevan.





No quiero, pero debo partir. Los proyectos están arrancados y funcionando. Mi compañera se queda para asegurarse una semana más que siguen viento en popa y eso me deja muy tranquilo. Quizás, gracias al lavado de manos, consigamos cambiar la mentalidad de la población con respecto a la higiene. Y con ello, reduciremos la elevada tasa de mortalidad. Cada cual tiene asignada, y esperemos que interiorizada su responsabilidad y su misión dentro de nuestros proyectos. Estoy feliz. Todavía queda más de hora y media para embarcar. 

Subrealista. Acaba de entrar un joven, estridente, extravagante, con pendientes y tatuajes al que acompañan 4 policías y 3 con walkie-talkie que parecen guardaespaldas. Uno de ellos me mira pidiéndome permiso para que la estrella se siente a mi lado. Creo que se trata del Justin Bebear del Congo, y por supuesto le digo que si. Cuando se sienta no me mira, sigue hablando con su séquito, por lo visto va rumbo Suiza. La gente se empieza a amontonar alrededor de mi mesa, así que decido sacar una bolsa de plátano salado que las amigas del opus de me habían preparado. Se la ofrezco y rápidamente acepta y se pone a comer. Aunque todavía no soy de su nivel, y no me mira, poco a poco rompo el hielo y nos vamos haciendo amigos. Aparece gente de todos lados para hacerse una foto con él. Alguno de ellos insiste en hacérsela conmigo también. Al fin y al cabo estamos compartiendo mesa y cerveza. Por supuesto tengo que invitarle a tabaco. Miro de reojo hacia los lavabos y veo como Valentin me levanta el pulgar en señal de victoria, no para de sonreír y de mirarnos. Por fin, hablamos un poco, y me cuenta que el también fue un niño de la calle, y que hoy es mundialmente conocido. Que no quiere vivir fuera del Congo, que quiere trabajar por su pueblo y sus niños. De hecho dice que tiene una asociación. Así pues, le invito a nuestra pediatría, a la de Maman Nkoko, la de los niños. Nos intercambiamos teléfonos y dice que llevará ropita a nuestros niños. Ojalá. No vuelvo a ver a la estrella. Mientras, en París llueve y hace frío. 06:30am




domingo, 2 de noviembre de 2014

Brindo por los héroes del siglo XXI

Lo bueno de pasear por entre las callejuelas de Kimwenza es que todo esta lleno de color, de olor y de risas. Bonjour nos dicen madres, padres y niños. Sobre todo los niños. Este barrio no queda muy lejos de Kimbondo, aunque el tiempo que invertimos en la carretera bien podría cubrir la distancia entre Madrid y León. El atasco se convierte en una pesadilla en la que los monstruos son los camiones atravesados y abandonados en la cuneta. Los diablos, los chinos que pretenden mejorar la calzada pero sin tener en cuenta el perjuicio que causan a los que intentamos circular... This is madness. Ningún sentido de la paciencia, algunos autos intentan adelantar por la derecha otros por la izquierda, todos ellos empeorando el caos.

Allá en la montaña, cerca de un repetidor antena de movil, encontramos un pequeño dispensario, muy humilde, muy pobre. Pero muy limpio y digno. El medico, jefe, director y coordinador está sentado bajo un árbol cuando nos acercamos en el 4x4. Tiene pinta de agotado. Ayer tuvo que atender un parto de más de 22 horas. Él solo. Por 150$ al mes que llegan desde alguna parte de Europa, creo que de Italia. La farmacia da pena, el paritorio llama la atención por la sencillez. Apenas unas peras de succión para aspirar las mucosidades de los recién nacidos, una tabla ginecológica y una balanza para pesar a los que llegan al nuevo mundo. Pero al entrar al quirófano no puedo creer lo que afirma que hacen allí. Hernias, extirpación de miomas... Todo lo que puede hacer con ketamina, incluyendo cesáreas.

Pocos medios, pero muy digno y limpio. Sin medios, pero volcado en su gente. Y ¿saben?, comenzó como matrón con una monja que le enseñó el oficio. 





De vuelta a la pediatría todo sigue "malembe", es decir, lento, muy lento. Malembe, malembe. Pero el proyecto del agua, que todos afirman indispensable, incluso los mundeles (blancos) que nos visitan, sigue pa'lante. Lucha con el que vende los cubos, lucha para encontrar el cloro, lucha para conseguir jabón a buen precio, lucha para construir la estructura de soporte, lucha con el responsable del proyecto para que robe lo menos posible, lucha continua. Todos los días planeamos el cronograma, cronograma que habrá que volver a cambiar al caer la noche, sabiendo que al día siguiente habrá que cambiarlo otra vez más. Su concepción del tiempo no se ajusta jamás a nuestro cronograma.



Da gusto ver niños que hace unos años vivían en la pediatría y que hoy van a la universidad. Se han hecho mayores y están luchando por hacerse un hueco como personas respetadas dentro de su comunidad. El padre les paga los estudios y ellos le llaman para contar qué tal van. Y cada cierto tiempo vienen a la pediatría a visitarlo. Sus chicos se han hecho mayores.

Hablaba antes de lucha, pero estos chicos son los que de verdad tienen que luchar en su vida. Luchar para poder estudiar, igual que el doctor de Kimwenza tiene que luchar para salvar vidas a diario. Para mi son las historias de los héroes del siglo XXI, y estoy feliz de haberlos conocido y poderos contar sus historias. Me siento un privilegiado, y aunque nunca leerán estas líneas, levanto mi vaso de Primus y brindo por ellos. Les animo a que ustedes hagan los mismo. Brinden por todos los cada día se levantan para luchar contra lo imposible. Gracias por encender la luz del camino, por poner amor en el caos. Gracias por dejarme conocer sus biografías. Brindo por ello. Salud.