miércoles, 3 de julio de 2013

Aro y palo


Lo bueno de las sonrisas es que son como una inyección de endorfinas, esa droga que nosotros mismos generamos y que muchos relacionan con el placer o la felicidad. Las sonrisas de los niños son una sobredosis de mórficos endógenos, una droga que de verdad me gusta. Da igual de donde vengan, si de Casa Patrick o de Boboto. Todos los niños tienen ese halo de inocencia que te hace volar hacia dentro, hacia lo sencillo. Cuando están malitos esa linea labial desaparece, sin embargo, cuando el tratamiento empieza a hacer efecto, súbitamente aparece, y si no estás mirando, te la puedes perder.


Dice el pediatra italiano que está por aquí que le sorprende la capacidad de recuperación de los niños de la pediatría (externos e internos). Ya os comenté que las ganas por vivir el cuerpo humano es grandísima. El cuerpo, internamente, no quiere parar el motor. Y debemos hacer lo posible para que eso no pase. Para que se cumpla el deseo interno que nos mueve para no deternernos.



La malaria es dura. Pero en España acabamos con ella, ¿qué hace falta para que eso ocurra aquí?. Un maldito mosquito (y esta vez femenino) que inocula al parásito en nuestro torrente sanguíneo para alojarlo en el hígado. Allí espera su momento adecuado y aprovecha el tiempo para reproducirse. Cuando ya hay muchos parásitos listos éstos vuelven a la circulación. Allí se aprovecha de nuestros glóbulos rojos y los destruye. Esa es la malaria. Un parásito que a la postre acaba eliminando los glóbulos rojos. Eso provoca en los niños congoleses (y no tan niños) una anemia severa que necesita de un tratamiento rápido (anemia quiere decir que se están muriendo aquellos personajes de dibujos animados que cargaban con bolitas blancas de oxígeno por las tuberías del cuerpo en La vida es así. Y si éstos mueren, no llega oxígeno a las células del cuerpo. Su principal combustible). Es la patología más frecuente, a la que todos los médicos ponen tratamiento preventivo, aunque no haya evidencia de que se esté padeciendo.


Os podría contar muchísimas cosas que ocurren a diario en la pediatría, pero las más de ellas son un poco tristes. Y sacadas fuera de contexto, es decir, sin verlo con los propios ojos, se me hace difícil que se pueda comprender. Estoy aquí, y la mayoría de las veces (o casi todas) yo no lo comprendo, con lo que me veo incapaz de transmitirlo.
Hoy ha sido gracioso. En la pediatría tenemos un tanque de gasolina para los vehículos (así ahorramos y no hay que ir hasta las gasolineras y esperar las largas colas). Pues bien, el camión cisterna que venía a repostar circulaba sin frenos. La entrada a Kimbondo es una gran cuesta (Monte Verde, ¿os acordais?), así que el vehículo de no sé cuantas toneladas ha frenado con el portón de la entrada (arrancándolo de cuajo) y con la tierra que hay en el camino. ¿lo mejor? El co-director congolés nos dice que no podemos pedirle responsabilidades a la compañía petrolífera porque nos hacen muy buen precio y encima nos traen el carburante hasta nuestra parcela.


Toda Mont Ngafula son caminos de arena de playa. La erosión de las lluvias torrenciales, que duran prácticamente 6 meses, tienen este curioso efecto. Todo el día caminamos sobre fina arena de playa. Igual de cansado, por cierto. Cuando llueve, esa arena se convierte en el mejor barro en el que puedes dejar atascado cualquier coche, hasta los 4x4. He descubierto que usan la misma palabra para el barro y para la papilla que dan a los niños pequeños, todos es poto-poto. Hoy Cathy, que volvió a la intensiva por problemas con la alimentación hace día y medio, ha dado buena cuenta del poto-poto, y creo que está vez es la buena. La dejaremos varios días en vigilancia para conseguir que aumente considerablemente el peso y pueda volver con sus compis. Hoy la he visto sonreír por primera vez. Y por primera vez la observo mientras ella mira el mundo que le rodea con curiosidad.
Es divertido ver a los niños cómo juegan con la arena. Hoy me han enseñado a manejar el aro y el palo. Un completo inútil, pero estoy haciendo algún progreso. Nunca tuve consola en casa, pero tampoco tuve aro con palo, y ahora me toca aprender. Y mientras, al ver al blanco completamente torpe con el juguete de los más pequeños, niños y mayores se desternillan. Y yo quiero más droga de esa que me dan los niños.





(En la enfermeria con Papa Edo)







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