Lo bueno de los amigos del Padre Hugo
en Kinshasa es que cuando se acuerdan de él es para traerle comida.
Y eso redunda en todo el convento (como nos llama). Todos hemos
disfrutado de la carne argentina que nos trajeron el sábado y hemos
dado buena cuenta de la cerveza que la acompañaba. El resto de los
días nuestra dieta es básicamente de hidratos de carbono. Pan,
pasta, arroz,... A veces carne, y a veces verduras. Las frutas (que
no sean plátanos) son una exquisitez. Pero no falta comida en el
convento, y Hugo se encarga de que así sea.
La situación de Cathy mejora por
momentos, las actividades al aire libre con sus compañeros la
estimulan y podemos ver como sigue con apetito y da buena cuenta del
poto poto. De las curas no puedo decir lo mismo. Van muy
lentas, extremadamente lentas. No sé si es por vergüenza, Victor
(el co-director congolés) dice que no sabe muy bien por que es, por
leyendas, supersticiones... pero cuando aparecen las heridas a
nuestros ojos, realmente están avanzadas. Eso provoca que la
cicatrización sea, como no, más complicada. Hoy hemos descubierto a
un chaval, ya mayor, con otra herida vascular bastante impresionante,
infectada... Un auténtico reto para todos como enfermeros. Esperemos
ser capaces de reconducirla. Le hemos recordado la necesidad de que
coma suficiente proteína, lo que no sabemos es si nos hará mucho
caso. Hace poco, afortunadamente, un gran amigo me envió un
recordatorio del tratamiento de úlceras. Que gran ayuda... ya me
tienen por las noches repasando el temario.
Está apareciendo el chik, una larva de
la mosca del mango, según me dicen, que produce bastante dolor. Esta
larva que cae del árbol y se queda en la tierra hasta encontrar el
pie o la parte de piel que tenga descubierto el niño y allí crece.
Por lo que me cuentan aquí, se alimenta de la sangre de la dermis
necrosando la zona afecta. Por eso, si pasa mucho tiempo, acaba
desapareciendo el dolor, pero deja un rastro de piel muerta que puede
llegar a ser muy grande. Para evitar todo este proceso los extraen
con palos finos y afilados, y lo hacen así de toda la vida, pero de
toda la vida también las infecciones por usar esta técnica son
incalculables. Se hacen auténticos agujeros llenos de tierra y
microbios, que os podéis imaginar que no acaban muy bien. Hemos
encontrado una posible terapia alternativa, que si funciona, o lo
haremos saber. Pero se aceptan comentarios y sugerencias.
Un dato curioso. Cuando exploraba a los
niños me di cuenta de que los más pequeños llevaban anudado a la
cintura un pequeño cordel (bastante guarro). Después comprobé que
las niñas también lo portaban. Indagando un poco, y gracias a mi
pésimo francés, creo que sirve para comprobar si el pequeño va
cogiendo peso. Es una forma rústica de verificar que los niños y
las niñas van creciendo como deben. Cultura ancestral, para mí,
eficaz cien por cien.
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